mayo 15, 2017

Polvo y herrumbre


                El tiempo lo cambia todo. Es un hecho. Eso es lo que debieron pensar los que sacaron las mesas a la calle. 
Las sacaron muchos años antes de que él hubiera nacido y siempre le acompañaban en sus paseos por las angosturas del centro de Marbella. ¿Por qué?  Bueno. Todo el mundo quería sentarse a comer en la calle, al sol en invierno y al fresco en verano. Es lógico ¿No? Tomarse una paella, una cigala, una pizza. La gente comía muchas pizzas. O Simplemente una cerveza o una copa de vino.
¿Qué la calle no tiene más de cuatro metros de ancho y que continuamente alguien pasa rozando el mantel? ¡Qué más da! —Yo como y tu miras.— Así es la vida.

Pero desde que él tenía conocimiento las mesas estaban vacías.
Sucedió que dejaron de venir cuando desapareció la playa y a nadie se le ocurrió que quizás tendrían que haber vuelto a guardarlas.
Allí se quedaron, acumulando polvo y herrumbre. Un monumento al antiguo esplendor. Decían que ya no se podían tocar. 

Allí, aunque él aun no las hubiese visto, seguían a la hora en la que El viejo Bradbury 3000 se preparaba para aterrizar. Había terminado la fase de frenado y entró en una de suave descenso. La maniobra era automática, así que pudo contemplar su pueblo desde las alturas. 
Se aproximaba a Marbella, por última vez, desde el norte sobrevolando Sierra Blanca entre La Concha y el pico de Juanar. 
Estaba anocheciendo y la ciudad no estaba muy iluminada en comparación con el centro comercial que brillaba por encima de la Plaza de Toros y de la autovía. Una estrella, eso era. Un pozo gravitatorio que se lo llevaba todo hacia si. Por ejemplo un tren que venía desde Fuengirola. 
—¡Eh! Entra en Marbella —gritó desde las alturas.
No lo hizo. En vez de eso se desvió obscenamente hacia las luces. 
Allí se detuvo y luego, casi llorando, cómo suelen decir los futboleros de un balón que no termina de entrar en la portería, se volvió a la costa alejándose hacia San Pedro y Estepona. 

Desde donde venía no se veía la playa. El mar parecía terminar donde comenzaban las casas.  La última vez era así. Casi no había playa, tan solo una fina franja de arena de unos dos metros de anchura que se ceñía al viejo paseo marítimo. 
Lo confirmó cuando el cohete llegó a su altura. El mar golpeaba suavemente el nuevo malecón que tuvieron que construir cuando el paseo estuvo amenazado.

Casi al final de la maniobra el cohete plateado se posicionó en la vertical del espigón circular del faro y se dejó caer hasta tocar el hormigón rosado. Él, vestido de astronauta bajó sin mucha solemnidad para pisar el suelo terrestre. Había concluido su último viaje a Marte. 

Llevar marbelleros a Marte. Era lo que había hecho durante cuarenta años hasta ese último viaje. Llevarse a los emigrantes. Al fin y al cabo Marbella y Marte compartían tres letras, las primeras tres, y eso no podía ser una casualidad. No, para los que querían marcharse.

Las primeras mesas que vio seguían pegadas a las casas del paseo marítimo. Su abuelo le contaba la historia de que había unos señores al lado que invitaban a la gente a sentarse todo el rato. Decía que eran un incordio. Luego, cuando sucedió lo de la playa y la gente dejó de venir, los acomodadores debieron aburrirse y se marcharon. 
Los que se quedaron no quisieron guardar las mesas pensando que, tal vez, de la misma manera que había desaparecido, la playa volvería a crecer y volverían los turistas y llenarían las mesas de nuevo… ¿Quién sabe?
Caminando, subió por la avenida, por lo que quedaba, que no era más que una franja en el centro. El resto estaba debajo de los restos de viejos entarimados ahora impracticables. La tablazón, que un día debió servir de suelo, estaba, donde todavía existía, ya descolorida por el sol y casi podrida. Cruzó por la Alameda para adentrarse en el centro. Nunca hubo mucha gente, menos cada vez que volvía a la ciudad. Esa tarde no había nadie, solo las mesas que dejaban el estrecho pasillo.
De vez en cuando faltaba alguna. Las demás, victimas del tiempo, estaban en su mayoría desvencijadas, herrumbrosas, descoloridas, viejas. Ya no se molestaban siquiera en arreglarlas.
Siguió callejeando y allí donde la calle Ancha se ensancha, en la plaza, donde la fuente...La fuente ya no estaba. En su lugar había más mesas amontonadas pero no de cualquier manera. Formaban una escultura. 

Y seguía sin haber nadie.

«Pero bueno ¿Dónde está todo el mundo?» se preguntó.

Y siguió caminando hasta el Albergue África.

Que ya no era un albergue ni tampoco era lo que su abuelo le decía cada vez que pasaban por debajo del muro de piedra marrón:
—Aquí estaba previsto hacer un colegio.

Lo decía con nostalgia de cuando era joven, cuando podía decidir o influir, cuando todavía le escuchaba alguien que no fuera él, paseando de la mano.

Lo que había era una fábrica y en el muro de mampostería marrón habían abierto una enorme puerta de reja en la que habían escrito:


FÁBRICA BRADBURY
Entrada de materiales.



Dentro había dos contenedores, uno en frente del otro y encima de cada uno un rótulo:


Mesas importadas: plástico, madera y metal.

Mesas nacionales: plástico, madera y metal.


La fábrica estaba cerrada, algo extraño para la hora. Miró al puente colgante sobre el Arroyo de la Represa. Volvió a fijarse en la luz que emergía sobre las casas de la Patera y de la Plaza de toros, al noreste. 

«¡Claro! ¿Cómo no me he dado cuenta antes?» 
Recordó la fecha:
«Hoy es día tres, ayer fue el día de la paga.»

Se sentó en uno de los bancos que había al otro lado de la calle y descubrió que por encima del muro asomaba la punta plateada de un cohete. Era el remate del nuevo modelo Bradbury que les había jubilado a él y a su viejo 3000 y del que aún podía ver la estructura interior, a medio terminar, de mesas recicladas.



©2017, F.J.Samanes






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