abril 30, 2017

La excavadora

—¡Qué mala suerte! Años manejando la máquina. Ni un solo incidente y el día que va a retirase… ¿Cómo ha podido pasarle?
—Shhh. Baja la voz — dijo haciendo un gesto hacia él—. No lo sé tío. Puede haberse apoyado en la palanca inconscientemente.
—No. No me lo creo ¿Qué ha dicho?
—Ni una palabra. Ahí lo tienes…

Está sentado en el escalón del zaguán ajeno a todo. Lo único que siente es vacío en el estómago. No se ha comido el bocadillo.

Su mirada va de la pala de su retroexcavadora a la manta que tapa el cuerpo y baja al charco de sangre, De la sangre a los adolescentes amigos del muerto “¡Llorones!” De ahí, al cielo.

—…Si no fuese por lo que lo conozco, juraría que lo ha hecho a posta.
—¿Estás loco? Si no le conocía de nada. Y no grites, creo que nos ha oído.

Sí. Les ha oído. Sonríe y piensa:

«¡Qué mal me ha salido! Por un segundo. Si solo hubiese tenido un poco más de paciencia les habría dado a todos de lleno, me habría cargado a dos o tres más, un pleno.»

Clava la vista en sus amigos.

«A vosotros también.»


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