mayo 01, 2017

Gritos



A la sombra de un alcornoque hay una mesa de madera basta. Es uno de esos cualquiera de los que abundan en una de las dehesas de la Sierra Norte y es una de esas de merendero que tienen un madero a modo de banco a cada lado. Uno de esos bancos que dan tanta rabia porque no se pueden apartar y que hay que saltar para sentarse.

Sobre esta mesa se amontonan una veintena de botellines vacíos —creo que aquí hay un problema con el alcohol—. Alrededor de esa mesa, a principios del mes de abril cuando todavía se puede estar ya que aun no cantan las odiosas chicharras, todos, al mismo tiempo, nos opinamos encima.

¿Escucharnos los unos a los otros? Es bastante difícil sin dejar de hablar y además, ¿para qué?

El recurso que usamos, el más divertido, solo para entretenernos, es machacar a los ausentes, más a los que son diferentes por serlo y, qué coño, porque no están. Haber venido y hubiésemos despellejado a otro.

No hay narices de hacérselo a la cara.


¡Todos gritan!

¿Por qué gritan? Los gritos me duelen. Así que me callo y, bueno, como me dejo convencer rápidamente pues, eso, me dedico a asentir y ya está.

Además, si es que tienen razón que para eso gritan más ¿No? Si eso, ya tendré tiempo luego para digerirlo y discrepar. Ahora no me apetece. Podría levantarme y apartarme un poco del ruido pero, astutamente me había hecho con un hueco en el madero y si me levanto lo perderé. Luego no podré volver a sentarme.

Me lo pienso mejor y dejo caer un comentario fácil, obvio y prefabricado; no doy para más. Algo aceptable por la mayoría. Algo sin mucho compromiso. Una frase hecha y dicha mil veces antes en cualquier situación igual o distinta, lo mismo da, sigue siendo válida que para eso la hicieron.

Entonces hay una que se vuelve hacia mí ¡y me grita!

Pero ¿por qué me grita? ¿Qué confianza es esa? No la conozco de nada.

Bueno, lo entiendo. Ella está de pie y yo sentado.

Me lo merezco porque la razón se tiene a gritos o no se tiene. Y no pueden haber dudas. No hay tiempo en las conversaciones en grupo. Hay que buscar las opiniones rápidamente y vomitarlas. Mejor si vienen del estómago, que apenas tengan unos segundos para pasar por el cerebro y transformarse en palabras.

Es fácil porque las opiniones no se hacen, te las hacen otros —En serio, aunque no se sea consciente. Llegan por dónde menos se las espera—. Te las traes puestas.

Será la leche cuando, lo mismo que cualquier otro pensamiento, os sean implantadas; cuando las haya producido una inteligencia artificial. Una que sea inteligente, inteligente. La «IA fuerte» ¡Eso! Cuando suceda lo de la singularidad tecnológica. Jeje, dicen que ya no queda mucho.

Pero os estaba hablando de la razón, y de esta todo el mundo sabe con certeza que la de cada uno es la mejor, la única, la que es absoluta. Por eso hay que gritarla fuerte. Porque no admite discusión ¿O sí?... Vale, vale. Quienes no admitimos discusión somos nosotros. No somos capaces de discutir, no sabemos hacerlo.

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