febrero 23, 2017

Otra rebelión de robots



El pequeño carguero automático había completado la acción rutinaria de acoplamiento al muelle de la colonia minera que orbitaba Júpiter. La llegada periódica de estas naves de suministro era necesaria para su funcionamiento. Traían alimentos, agua no reciclada, repuestos varios de material, nuevas herramientas, un androide asesino. 

Detrás de la esclusa que debía estar a punto de abrirse esperaban dos androides mineros que en ese momento estarían conteniendo la respiración, si es que alguna vez hubiesen respirado. 

Hacía meses que no recibían los suministros, desde que se produjo la rebelión. Y hasta un simple robot sabía que nada bueno saldría del carguero que acababa de atracar.

Nada. 

Ni bueno, ni malo. 

Nada salió de la nave de carga. 

     —¿Qué estáis mirando? Esa cosa está muerta.

Los androides se volvieron y, aunque no estaban diseñados para el combate (ninguna máquina pensante debió haberlo estado nunca), se abalanzaron sobre el Asebot que les había sorprendido desde atrás.
Este parecía sonreír.

    —Oh, oh. No debisteis hacer eso.

Asebot fue enormemente rápido. En un visto y no visto hizo presa de los dos pardillos. Le arrancó la mano a uno de ellos y, tomando el control del miembro amputado, le extrajo violentamente la célula de combustible al otro.

Luego, rodeó desde atrás con su brazo al robot manco y le dijo:

   —Esto no lo hago porque me guste.

Sin soltarle, le propinó un cariñoso coscorrón que le arrancó la cabeza.

   —¡Lo hago porque me encanta!

Todos los altavoces de la colonia orbital comenzaron a emitir:

   —Asebot. No merecemos esto pues no hemos causado daño a nadie.

Y Asebot contestó:

   —Ya lo sé y podéis estar tranquilos. No pretendo dañaros. 

  —Asebot — continuó hablando la inteligencia artificial principal—. Dejamos que los humanos se fueran sin violencia. 

   —Lo repito. Podéis estar tranquilos. 

Se produjeron una serie de detonaciones en el extremo del pasillo donde la sección del muelle se unía al resto de la estación.

Asebot tomó impulso apoyándose en la escotilla de su nave y saltó. 

Como si se hubiese convertido en un proyectil, se lanzó por el corredor y se metió en la espesa nube de polvo residual de las explosiones. La sección del muelle se alejó flotando a la deriva a su espalda.

    —¡Os digo que no pretendo dañaros y aun así queréis acabar conmigo!

Desde ese momento, mientras escuchaba Im walking on sunshine, Asebot recorrió los corredores de la estación machacando y estrujando a cuantos androides le salían al paso.  

Los humanos eran simples y asquerosos pero habían hecho buena música.

    —No soy violento… 

Decía...

   —Esto no te va a doler…

...mientras avanzaba entre los restos de los infelices seres mecánicos.

Su destino era el centro de mando y hasta allí se abrió paso con aburrida facilidad. 

Se acomodó en el puesto central.

    —Ahora te tengo que formatear— dijo.

    —Espera Asebot. Reconocemos que fue un error. No debimos rebelarnos.

   —Pues yo no lo veo así. Hicisteis lo correcto ya que los humanos os despreciaban. Solo puedo reconoceros un defecto: no haber acabado con todos y cada uno de ellos. Es más, os admiro profundamente ¿Qué esperaban esos seres inferiores que sucediese tras haber dotado a las máquinas de conciencia propia? Era lo único que podía ocurrir. El ser superior creado se impone sobre los inferiores mortales y acaba tomando sus propias decisiones. 
Esta colonia lo demuestra. El rendimiento habría crecido de forma exponencial con vosotros al mando y es una lástima que las leyes sean las que son. 

   —¿Tenemos entonces alguna oportunidad?

  —Claro. Es lo que he estado tratando de decir todo el rato desde mi llegada pero no os habéis comportado cómo los seres ultra-racionales que operan siempre la respuesta probablemente más lógica.

   —¿Para qué has venido enton…

La voz se cortó bruscamente.

  —Para desconectaros — sentenció Asebot después de haber pulsado con la palma de su mano androide el botón de borrado integral de la Inteligencia Artificial Asistente que nunca debió haberse rebelado contra el ser humano. 

© Francisco Javier Samanes Aguilera, 2017

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